El Escapulario es uno de los mayores tesoros de la familia Carmelitana. Esencialmente, el Escapulario es el mismo hábito del Carmelita simplificado y reducido a la mínima expresión para comodidad de los seglares.. Cuando a alguien le es impuesto, entra a formar parte de la gran familia del Carmelo, que está dedicada al servicio de Nuestra Señora para el bien de toda la iglesia. Por ello cada mes de julio Lima se reviste del hábito marrón y del santo Escapulario, que llevan sus devotos como muestra de su total filiación y confianza a la “Mamita del Carmen” –como lo llaman sus fieles.

Su Historia

La Virgen del Carmen como muestra de su amor, protección y presencia en la vida de cada uno de sus hijos e hijas, nos da su SANTO ESCAPULARIO. Es una “Señal” del cuidado y solicitud con que ella vela por sus hijos. Ella se hace nuestra Patrona, cuida de nosotros como madre y hermana. Madre, porque nutre la vida divina en nosotros y nos enseña el camino hacia Dios. Hermana, porque camina con nosotros en el viaje de transformación invitándonos a hacer nuestra su propia repuesta; “Hágase en mí según tu palabra”. La tradición nos cuenta que, Simón Stock General de los carmelitas, hacia la mitad del siglo XIII invoca a María, lleno de ansiedad y preocupación por el futuro de le Orden y hasta nos ha trasmitido su oración confiada e ingenua.

Flor del Carmelo
Viña florida,
Esplendor del cielo,
Virgen fecunda y singular,
A los carmelitas
Proteja tu nombre,
Estrella del mar.

Y es cuando el 16 de julio de 1251 recibe de la Virgen su Santo Escapulario con estas palabras: “Toma este hábito; el que muera con él no padecerá el fuego eterno”.Esta gran promesa, la podemos hallar en el poder intercesor de María en el orden de la gracia, y de la salvación. Un poder de mediación, que se proyecta más halla del tiempo, siempre en unión con Cristo Jesús, y secundando los planes de salvadores de Dios, según la economía de la salvación. Se exige siempre la colaboración personal del que lleva el Escapulario, como es lógico y además se afirme el interés por fomentar una vida espiritual, fuerte, exigente, devota y fervorosa, con el fin de revestirse de Cristo y de María.

El Escapulario, signo mariano

El Escapulario ahonda sus raíces en la larga historia de la Orden, donde representa el compromiso de seguir a Cristo como María, modelo perfecto de todos los discípulos de Cristo. Este compromiso tiene su origen lógico en el bautismo que nos transforma en hijos de Dios.
La Virgen nos enseña:

  • a vivir abiertos a Dios y a su voluntad, manifestada en los acontecimientos de la vida;
  • a escuchar la voz (palabra) de Dios en la Biblia y en la vida, poniendo después en práctica las exigencias de esta voz;
  • a orar fielmente sintiendo a Dios presente en todos los acontecimientos;
  • a vivir cerca de nuestros hermanos y a ser solidarios con ellos en sus necesidades.


Síntesis y Concreción del Significado del Escapulario del Carmen

NO ES...

  • Un objeto para una protección mágica (un amuleto).
  • Una garantía automática de salvación.
  • Una dispensa para no vivir las exigencias de la vida cristiana.

SÍ ES...

  • Un signo aprobado por la Iglesia desde hace varios siglos.
  • Un signo que representa el compromiso de seguir a Jesús como María:
    • Abiertos a Dios y a su voluntad.
    • Guiados por la fe, la esperanza y el amor.
    • Cercanos a las necesidades de los demás.
    • Orando constantemente y descubriendo a Dios presente en todas las circunstancias.

Un signo que alimenta la esperanza del encuentro con Dios en la vida eterna bajo la protección e intercesión de María.

CARTA DE JUAN PABLO II EN EL 750º ANIVERSARIO DE LA ENTREGA DEL ESCAPULARIO

A los Reverendísimos Padres

JOSEPH CHALMERS
Prior General de la Orden de los Hermanos
de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo (O. Carm.) y

CAMILO MACCISE
Prepósito General de la Orden de los Hermanos Descalzos
de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo (O.C.D.)


1. El providencial evento de gracia, que ha sido para la Iglesia el Año jubilar, la induce a mirar con fe y esperanza el camino apenas iniciado del nuevo milenio. "Nuestra andadura, al principio de este nuevo siglo - he escrito en la Carta apostólica Novo millennio ineunte - debe hacerse más rápida... Nos acompaña en este camino la Santísima Virgen, a la que... he confiado el tercer milenio" (n. 58).

Con profundo gozo he sabido por tanto que la Orden del Carmen, en sus dos ramas, antigua y reformada, quiere expresar su propio amor filial hacia su Patrona, dedicando el año 2001 a Ella, invocada como Flor del Carmelo, Madre y Guía en el camino de la santidad. A este respecto, no puedo dejar de subrayar una feliz coincidencia: la celebración de este año Mariano para todo el Carmelo acaece, según nos transmite una venerable tradición de la misma Orden, en el 750° aniversario de la entrega del Escapulario. Es consiguientemente una celebración que constituye para toda la Familia carmelitana una maravillosa ocasión para profundizar no sólo en su espiritualidad mariana, sino para vivirla cada vez más a la luz del puesto que la Virgen Madre de Dios y de los hombres ocupa en el misterio de Cristo y de la Iglesia y, por tanto, para seguirle a Ella que es la "Estrella de la evangelización' (cfr Novo millennio ineunte, n. 58).

2. Las distintas generaciones del Carmelo, desde los orígenes hasta hoy, en su itinerario hacia la "santa montaña, Jesucristo nuestro Señor" (Misal Romano, Colecta de la Misa en honor de la B. V. María del Monte Carmelo, 16 de julio), han tratado de plasmar la propia vida sobre el ejemplo de María.
Por esto en el Carmelo, y en toda alma movida por un tierno afecto hacia la Virgen y Madre Santísima, florece la contemplación de la que, desde el principio, supo estar abierta a la escucha de la Palabra de Dios y obediente a su voluntad (Lc 2,19.5 1). María, de hecho, educada y plasmada por el Espíritu (cfr Lc 2,44-50), fue capaz de leer en la fe su propia historia (cfr Lc 1,46-55) y, dócil a la inspiración divina, "avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (cfr Gv 19,25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio" (Lumen gentium, 58).

3. La contemplación de la Virgen nos la presenta mientras, como Madre premurosa, ve crecer a su Hijo en Nazaret (cfr Lc 2,40.52), lo sigue por los caminos de Palestina, lo asiste en las bodas de Caná (cfr Gv 2,5) y, a los pies de la Cruz, se convierte en la Madre asociada a su ofrecimiento, donándose a todos los hombres en la entrega que el mismo Jesús hace de Ella a su discípulo predilecto (cfr Gv 19,26). Como Madre de la Iglesia, la Virgen Santa está unida a los discípulos "en continua oración" (At 1,14) y, como Mujer nueva que anticipa en sí lo que se realizará un día en todos nosotros con la plena fruición de la vida trinitaria, es elevada al Cielo, de donde extiende el manto de protección de su misericordia sobre los hijos que peregrinan hacia el monte santo de la gloria.

Una tal actitud contemplativa de la mente y del corazón lleva a admirar la experiencia de fe y de amor de la Virgen, que ya vive en sí cuanto todo fiel desea y espera realizar en el misterio de Cristo y de la Iglesia (cfr Sacrosanctum Concilium, 103; Lumen gentium, 53). Justamente por esto, los carmelitas y las carmelitas han elegido a María come su Patrona y Madre espiritual y la tienen siempre ante los ojos del corazón, la Virgen Purísima que guía a todos al perfecto conocimiento e imitación de Cristo.

Florece así una intimidad de relaciones espirituales que incrementan cada vez más la comunión con Cristo y con María. Para los Miembros de la Familia carmelitana María, la Virgen Madre de Dios y de los hombres, no es sólo un modelo para imitar, sino también una dulce presencia de Madre y Hermana en la cual confiar. Con acierto santa Teresa de Jesús exhortaba: "Imitad a María y considerad qué tal debe ser la grandeza de esta Señora y el bien de tenerla por Patrona" (Castillo interior, III, I ,3).

4. Esta intensa vida mariana, que se expresa en oración confiada, en entusiasta alabanza y diligente imitación, conduce a comprender cómo la forma más genuina de la devoción a la Virgen Santísima, expresada por el humilde signo del Escapulario, es la consagración a su Corazón Inmaculado (cfr PIO XII, Carta Neminem profecto latet [11 febrero 1950: AAS 42, 1950, pp. 390-391]; Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 67). De ese modo, en el corazón se realiza una creciente comunión y familiaridad con la Virgen Santa, "como nueva manera de vivir para Dios y de continuar aquí en la tierra el amor del Hijo Jesús a su madre María" (cfr Discurso del Angelus, en Insegnamenti XI/3, 1988, p. 173). Se nos pone así, según la expresión del Beato mártir carmelita Tito Brandsma, en profunda sintonía con María la Theotokos,convirtiéndonos como Ella en transmisores de la vida divina: "También a nosotros nos manda el Señor su ángel... también nosotros debemos recibir a Dios en nuestros corazones, llevarlo dentro de nuestros corazones, alimentarlo y hacerlo crecer en nosotros de modo tal que él nazca de nosotros y viva con nosotros como el Dios-con-nosotros, el Emmanuel" (De la relación del B. Tito Brandsma al Congreso Mariológico de Tongerloo, agosto 1936).

Este rico patrimonio mariano del Carmelo se ha convertido con el tiempo, a través de la difusión de la devoción del Santo Escapulario, en un tesoro para toda la Iglesia. Por su sencillez, por su valor antropológico y por la relación con el rol de María para con la Iglesia y la humanidad, esta devoción ha sido percibida profunda y ampliamente por el pueblo de Dios, hasta el punto de encontrar expresión en la memoria del 16 de julio, existente en el Calendario litúrgico de la Iglesia universal.

5. En el signo del Escapulario se evidencia una síntesis eficaz de espiritualidad mariana, que alimenta la devoción de los creyentes, haciéndoles sensibles a la presencia amorosa de la Virgen Madre en sus vidas. El Escapulario es esencialmente un «hábito». Quien lo recibe viene agregado o asociado en un grado más o menos íntimo a la Orden del Carmelo, dedicada al servicio de la Virgen para el bien de toda la Iglesia (cfr Fórmula de la imposición del Escapulario, en el "Rito de la Bendición e imposición del Escapulario", aprobado por la Congregación para el Culto divino y la disciplina de los Sacramentos, 5/1/1996). Quien viste el Escapulario viene por tanto introducido en la tierra del Carmelo, para que "coma de sus frutos y bienes" (cfr Ger 2,7), y experimenta la presencia dulce y materna de María, en el compromiso cotidiano de revestirse interiormente de Jesucristo y de manifestarlo vivo en sí para el bien de la Iglesia y de toda la humanidad (cfr Fórmula de la imposición del Escapulario, cit.).

Dos, por tanto, son las verdades evocadas en el signo del Escapulario: por una parte, la protección continua de la Virgen Santísima, no sólo a lo largo del camino de la vida, sino también en el momento del tránsito hacia la plenitud de la gloria eterna; por otra, la conciencia de que la devoción hacia Ella no puede limitarse a oraciones y obsequios en su honor en algunas circunstancias, sino que debe constituir un «hábito», es decir una tesitura permanente de la propia conducta cristiana, entretejida de oración y de vida interior, mediante la frecuente práctica de los Sacramentos y el concreto ejercicio de las obras de misericordia espiritual y corporal. De este modo el Escapulariose convierte en signo de «alianza» y de comunión recíproca entre María y los fieles: de hecho, traduce de manera concreta la entrega que Jesús, desde la cruz, hizo a Juan, y en él a todos nosotros, de su Madre, y la entrega del apóstol predilecto y de nosotros a Ella, constituída como nuestra Madre espiritual.


6. De esta espiritualidad mariana, que plasma interiormente las personas y les configura a Cristo, primogénito entre muchos hermanos, son un espléndido ejemplo los testimonios de santidad y de sabiduría de tantos Santos y Santas del Carmelo, todos ellos crecidos a la sombra y bajo la tutela de la Madre.

También yo llevo sobre mi corazón, desde hace tanto tiempo, el Escapulario del Carmen! Por el amor que nutro hacia la celeste Madre común, cuya protección experimento continuamente, auguro que este año mariano ayude a todos los religiosos y las religiosas del Carmelo y a los piadosos fieles que la veneran filialmente, para crecer en su amor e irradiar en el mundo la presencia de esta Mujer del silencio y de la oración, invocada como Madre de la misericordia, Madre de la esperanza y de la gracia.

Con estos augurios, imparto gustoso la Bendición Apostólica a todos los frailes, las monjas, las hermanas, los laicos y las laicas de la Familia carmelitana, que tanto se esfuerzan por difundir entre el pueblo de Dios la verdadera devoción a María, Estrella del mar y Flor del Carmelo!

Del Vaticano, 25 marzo 2001

Joannes Paulus II

HISTORIA DE LA ORDEN   EL ESCAPULARIO DEL CARMEN
ESPIRITUALIDAD MARIANA DE LA ORDEN   RITO DE IMPOSICIÓN DEL ESCAPULARIO

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